Nadie advirtió su llegada en el frío de la noche. Solo persistía el sonido que surgía de cada pisada: un golpe terroso encajando en otro, una repetición rítmica que dejaba el eco del paso anterior suspendido en el viento. 

Se alcanzaba a distinguir algo parecido a una sombra más negra que la propia oscuridad: las fogatas apenas lograban revelar la figura de un hombre taciturno que venía del sur.

Cargaba algo consigo, un objeto que le pesaba como si llevara el mundo entero sobre los hombros; los pies se le habían vuelto piedra. Apenas logró sentarse sobre aquel pedazo de madera, frente a la fogata.

Sobre su rostro se movían sombras al ritmo de la fogata y del viento. Por un instante, el aire dejó de soplar y entonces pudo verse el rostro de un hombre cansado y sediento.

A la mañana siguiente, nadie advirtió su partida en el frío del amanecer. Solo los árboles y la tierra húmeda parecieron notar su paso. Nadie preguntó por él. Aquel hombre taciturno continuó su camino sin hablar, sin hacer ruido, sin una sola queja.


Mayo 2026
A Eduardo.
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